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Comentario sobre Las ciudades de Lucía

Beatriz Navia, escritora boliviana, residente en Puerto Rico, nos ofrece una novela diferente, fresca, genuina y compleja. Navia domina el encanto de narrar exponiendo el color, los movimientos, el sabor y los pequeños detalles en los que pocos escritores se detienen. Haciendo uso de ese estilo nos embruja para narrar dos historias, de dos mujeres, separadas por casi un siglo de diferencia, pero unidas por un espíritu similar.

La novela presenta a una mujer fragmentada entre países y relaciones, que siente ser de todas y de ninguna parte y vacila entre uno y otro amor. Lucía Rocío, fotógrafa, la protagonista, se embarca en la búsqueda de la historia de su abuela después de verla en un retrato, de principios de siglo, vestida de piloto. La curiosidad de descubrir si aquel retrato representaba algo más que una mera pose la lleva a retornar a su país de origen, La Paz, Bolivia, con la excusa de un congreso profesional. Una vez termina el simposio, Lucía Rocío se queda, pero mientras investiga a su abuela también se investiga a sí misma. Retomará lazos con su familia y con un viejo amor de la adolescencia.

Al adentrarnos en la lectura formaremos parte del foco fotográfico de Lucía y desde allí la acompañaremos a lo largo de este relato. Veremos desde la ventana del Boeing 747, la península del Viejo San Juan que, como un abrazo de tierra, termina con el puño del Morro[…] y nos acercaremos a La Paz, Bolivia, observando al Lago Titicaca […], y a la Cordillera Andina, largo dinosaurio con protuberancias nevadas que se desliza a través de una planicie de colores ocres.

Mientras nos revela los detalles intercala opiniones políticas del país en que vive, Puerto Rico, y parte de la historia política del país de donde proviene, así como parte de su cultura. Es aquí cuando nos presenta a los kallawayas, a las mesas blancas y mesas negras. ­Para lograrlo nos toma de la mano y nos lleva a Charazani. Allí nos presenta a Abelino, que con sus pociones y rezos la encamina hasta el Akamani “suspendido por las nubes y que brilla en la tarde recién estrenada”, y le prepara una mesa blanca.

Al final, Lucía Rocío, descubre todo lo que fue a investigar y se retira firme y segura después de haber agradecido a la Pachamama. Soy dueña de este cuerpo, de esta piel, de esta cabeza.

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