Cuando el mar desemboca en el rio
Un mar de sangre encabrita su oleaje salpicando la costa y se entrega dócilmente a la orilla para penetrar por las aguas del río.
El río de sangre cimbrea su camino hasta encontrar al embalse, extrañando a las lavadoras de las orillas que hace mucho tiempo se han ido.
El embalse de sangre se pierde en la maleza del monte y entra por el ojo de una tubería rural rota para abrirse a la luz en un espacio aporcelanado y moderno.
Allí flota, con fragmentos humanos, ante la mirada de un diminuto ojo que los observa mientras espera que del aire caiga otro ojo hermano; que sale de los dedos siniestros de la madre, temerosa ante el qué dirán del barrio. Este ojo, al caer, contempla el cuchillo asido por la mano diestra y al lienzo del piso de la ducha, donde descansan el resto de las piezas del rompecabezas de una vida recién estrenada: regalo de quinceañera impuesto por un hombre casado, sobre la sábana blanca de la arena; allí, donde el río desemboca en el mar.
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