Cuentos Los Amantes de la Torre verde

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Los amantes de la Torre Verde

“…Quien quiera cazar, lo pongo fuera de duda,
Así como yo, puede gastar su tiempo en vano.
Impresionarla con diamantes en el llano de cartas
Allí esta escrito, en su justo cuello:
"No me toques", para César soy,
y salvaje para sostener, aunque yo parezca domesticada.”

Sir Thomas Wyart

No mi señor, no soy culpable. Jamás pudo mi cuerpo pertenecer a otro hombre porque mi corazón, mi pasión, mi alma entera le pertenecía a vos. Si bien es cierto que, con Vuestra Merced siempre las coqueterías de mujer prevalecieron y no medí la bendición de la iglesia en vuestro matrimonio, créame mi señor que el nuestro lo he respetado; no porque le tema a la muerte, sino porque desde nuestra primera unión, cuando nuestros humores se intercambiaron, recibí parte de su ser y le entregué el mío. ¿Qué ha pensado mi amo? ¿Que he sido adúltera? Cómo pude serlo, si los ojos de toda una corte se fijaban en mi piel e iban clavados sobre ella con todos mis movimientos. Yo no me vestía ni me desvestía sola. Mis damas de honor siempre estaban conmigo. Se retiraban después de cubrir mi cuerpo deseoso y solitario posado sobre aquel lecho frío.

Le esperé mi señor, Le esperé todas las noches. Y derramé miles de lágrimas como ofrenda al cielo por vuestro regreso. Pero he tenido que vivir lo que otra antes que yo había vivido. Esa pecadora maldita que siendo viuda de vuestro hermano se casó con vos. Su pena no fue importante, era un castigo del Divino Creador por su pecado. Pero yo, mi señor, no merezco que poses vuestro deseo sobre una de mis damas de honor porque yo llegué al lecho virgen con la bendición del matrimonio. Y os juro mi amo desde aquí, encerrada en esta Torre de Londres, que mi pecho se regocija con el honor de que a pesar de todo sigo siendo vuestra esposa. El divorcio es una ofensa más grave. He sucumbido a la maldición de Catalina que me arrebato a mi hijo con su muerte. Sí, yo sé que la bruja ya fallecida introdujo sus manos en mis entrañas y desgarró a nuestro varón de su amarre; y ahora, desde la tumba, pretende asestar el golpe final de la venganza para separarnos.

Mañana, señor, me llevaran a la Torre Verde, pero ésta noche quisiera vivir mi última pasión con vos. Quisiera que fuéramos como esos amantes que se encuentran solos en el campo, protegidos del mundo y de la corte por los árboles. Que desmontan de los rocines y se posan sobre el césped, mirándose lentamente; vacilantes a comenzar, con la resistencia a terminar.

Tomarnos de las manos. Vivir el calor que de ellas emana antes de soltar el enlace y comenzar a acariciarnos. Quiero recorrer cada surco de vuestra piel para llevármelo grabado en la palma de las manos. Quiero desvestiros, y que me desvista y como esos amantes del campo, resbalar cuerpo sobre cuerpo. Dejar que todo se aleje de nuestros pies, y fijar en la pasión todos los sentidos.

Esos amantes de mi sueño se han parado del césped y abrazados se acarician la espalda y reposan las manos sobre ese espacio de fortaleza carnosa que le da comienzo a las piernas. Él descansa la cabeza sobre la de ella; y ella le besa el centro del pecho y recibe los vellos de esa piel como una caricia en su faz. Él le levanta el mentón e inclinándose con parsimonia le brinda la humedad de sus labios. La mordisquea gentilmente, primero el borde superior, luego el inferior. Atraviesa el portal con la lengua y consigue enroscarla suavemente con la de su amada; abrazándola, apretándola. Sí, la aprieta suavemente. Cuando ya la piel es toda una, desgarra el abrazo y se dispone a acariciar los senos blandos, erectos en desafío; y a arrojarse a la aventura de buscar los confines del placer dentro del miasma acre del humor aromático de los centros. Ella ya no existe, el placer se ha apoderado de su materia y la joven observa a su propio cuerpo desde la distancia. Todas las caricias remontan siglos de pasión y lujuria.

Como la que he vivido junto a vos mi amado, mi señor, al sentir la blandura de vuestra lengua perdida en el contorno de mi bosque entre llanos y lomas buscando provocar la cima mientras los campos se riegan de humores de placer y de dicha. Y yo gozo del majar de vuestro cuerpo, y libo vuestro sudor, succiono la piel y muerdo la carne. Busco esculpiros con puntadas de mi lengua y pintar sobre vuestro lienzo lamiéndolo. Escúlpame, líbame, succione mi cuerpo y pinte sobre mi lienzo. Escalemos la pasión hasta llevarla a la batalla. ¡Cuántas noches dominé vuestro sable y doblegué vuestro espíritu a mis espacios! Lo amarre y lo liberé por segundos para luego volver a halarlo, amarrarlo y liberarlo de nuevo, hasta que me he rendido a la fuga intensa y momentánea; la que en vuestro cuerpo provocaba un espasmódico vacío de vida, viscosa, dulce y placentera.

Como ha ocurrido con mis amantes que ahora yacen extenuados sobre el césped amarados en un abrazo. Por las próximas horas se entregaran al descanso con la promesa de encontrarse de nuevo.

Pero ya nunca más podré sentir vuestro vacío o mi fuga, porque mañana a ésta hora caminaré por estos pasillos con mi cabeza entre mis brazos; y vos, Su Majestad, no recordará a vuestra Ana, Ana Bolena, porque ya estará nuevamente casado.

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